Carta de una madre primeriza a su tribu

Buenos Aires, Argentina


Queridas Maestras, co-madres


Hoy tengo la necesidad de contarles lo que han significado para mí y agradecerles inmensamente, porque sus experiencias me abren siempre posibilidades ante lo que a la oscuridad del desborde me impedía ver.


La compañía empática y amorosa que me brindan además de los textos, videos y otros recursos que proponemos, discutimos y desarrollamos juntas, me permiten compartir eso que necesitaba ser hablado…


Antes de ser mamá me sentía libre, escuchaba y huía de esa voz que representa tantas voces. Daba vueltas, leía, atendía otras vidas, escribía, me maravillaba y seguía, viajaba, me apasionaba, dejaba, empezaba, terminaba o no…



Y llegó mi hijo, primero como deseo, después como embrión y así fue creciendo y desarrollándose al igual que la realización del sueño tantas veces aplazado de ser mamá.


Su llegada me revolcó todo lo que tenía tan acomodado y previsto, pero al mismo tiempo me mostró el amor, la capacidad de asombrarme cada día, de vivir en el caos.


Me mostró mi respeto y mi enojo contundentes entre lo que me gustaba y lo que no, de otras madres o padres …


Así se empezó a forjar mi propia teoría sobre como tenía que ser “una buena madre”, pero a medida que mis hijos crecían esa imagen idealizada se iba resquebrajando y se caía a pedazos.


Una buena madre es aquella que.... … debo dar la teta exclusiva hasta los seis meses... yo no voy a cometer los errores que cometió mi madre... ¿Tener un hijo para que lo críe otro? Ni hablar.... Tengo que estar con ellos 24/7, TENGO que hacerlo (aún fuera de mi país), TENGO que hacerlo (aún lejos de mi gente), TENGO que hacerlo (aún sin experiencia y con tanta novedad)…AAAAA, NO PUEDO MÁS!!!!!

Y con ese grito de auxilio llegó el gran regalo: Ustedes, mi TRIBU, un grupo de madres diversas dispuestas a acogerme, escucharme y a aceptarme como soy y no como me había impuesto ser.


Gracias a ustedes, pude ver con claridad que cuando renuncié a todos los demás aspectos de mi vida para estar con mi hijo, empecé a vivir mi elección como una obligación y no como la realización de ese deseo entrañable. Pude comprender que la relación con mi hijo estaba chocando con el espejo de mi infancia, de mis creencias, de mis fantasmas.


Este tiempo en tribu me cambio la música pero no el moverme y me encontré de frente con mi magia y mi miseria... así, empecé a dejar de pendular entre polaridades. Cambiaron las velocidades, las intensidades y de pronto llegó ese momento excepcional en que mis sentidos registraron lo que no habían captado antes: El inmenso poder de la fragilidad desde la delicadeza de prestar atención al presente.



Empezaron a aparecer los grises y una gama inagotable de colores cuando me tendieron sus manos para ayudarme a salir del mareo de pendular entre polos. “Tejiendo urdimbre” y "Co-madreando" sobre los miedos, culpas, incomodidades, deseos, ansias, felicidades, preocupaciones, ser mujeres, sueños, pasado, hijos… informándonos, acompañándonos, conteniéndonos, confortándonos…




La tribu me mostró eso tan evidente que yo no veía y me ayudó a conectar con mi esencia, a sentirme autora y protagonista de mi propia historia, habitada algunas veces por una diosa y otras por demonios pero ya no en automático, ya no castigándome o buscando elogios sino inspirada en la sabiduría que me da el confiar en mi instinto, en mi misma, en ustedes...


Gracias, gracias, gracias ❤️aria Paola Galvis

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