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El espejo me miraba

Renata Riccardi lo definió a la perfección: "El verdadero salto cuántico se da en el momento en el que dejas de sentirte mirada por el espejo, para empezar a mirarte en él".

Hemos aprendido a olvidar, a renunciar a nuestro Ser, a dejarlo de lado para construirnos a imagen y semejanza de lo que creemos que se espera de nosotrxs. Lo hacemos para sentirnos parte, para sentirnos en compañía porque tenemos la creencia de que la soledad mata, entonces “mejor mal acompañado que solx”.


La soledad tiene muy mala prensa, la relacionamos casi exclusivamente con el rechazo, sin darnos cuenta de que sí tenemos esta sensación, somos nosotrxs mismxs los primeros en rechazarnos.


Por lo general no creemos que podemos estar en soledad por elección, no sabemos que es el medio para dar lugar al autoconocimiento, o sea mirarnos al espejo interiormente y así conocernos para poder ofrecer al mundo nuestro sello personal, eso que nos hace únicos, auténticos e irrepetibles.

A cambio aprendemos a mostrar sólo lo bonito y a ocultar lo que creemos que no le va a gustar los demás ¡hay que taparlo! ¡está mal! Porque por ahí puede venir el rechazo, la falta de reconocimiento, el sentirnos incapaces. Entonces puede venir la soledad y con ella la desgracia.


Lo que nos muestra Renata, es que la cultura nos ha enseñado lo que tenemos que hacer, para pasar la estrictísima prueba del espejo. Un espejo repleto de lineamientos rígidos y antinaturales que nos impone, sutil y arbitrariamente qué tipo de cosas tenemos que hacer para sentirnos dignxs del amor, aprobación, reconocimiento y pertenencia al notable grupo de “gente”.


Ser mirados por el espejo es una condena diaria, porque no sólo estamos hablando del espejo que crítica nuestro aspecto físico, sino nuestra naturaleza, nuestro SER.

Pero nuestro cuerpo habla muchos lenguajes y responde a esa mirada enjuiciadora que nos somete. Lo hace, a través del dolor, del color y su temperatura, habla mediante las emociones y los sentimientos, habla desde la enfermedad… habla constantemente.


Sentirnos mirados por el espejo produce tal resignación, que nos enceguece y nos ensordece “no me importa cuanto me duela”, “no me importa cuánto me enferme”, ” no me importa cuánto me cueste” tengo que pertenecer. Pero el cuerpo no se cansa de luchar porque recuerda quién ES bajo el disfraz y dondequiera que algo se oprima, se presione e incluso se roce suavemente, ese recuerdo puede brotar como cuando abrimos una canilla, si elegimos prestarle atención…


Reducir la belleza y el valor de nuestro ser a los dictados del espejo, es obligarnos a vivir divididos, separados del espíritu, de la forma y la dicha que nos corresponden por derecho propio.


Está claro que cuando nos miramos al espejo a partir del autoconocimiento, aprendemos a valorar el cuerpo por su vitalidad, su salud y su energía más que por cualquier detalle de su aspecto. Esto por supuesto no significa rechazar a la persona que es considerada bella por el espejo, sino ampliar la mirada hacia una que abarque la variedad de bellezas, formas y funciones...

Cuando nos miramos al espejo, nos liberamos de la tortura del cuerpo y la condena a nuestro SER, renunciamos a someternos al molde uniforme que busca la belleza esperada, la palabra precisa y la sonrisa perfecta.


Renata con su frase nos ayuda a identificar que nuestras fortalezas no están en lo que dicen las demás personas de nosotros, sino en reconocer y abrazar tanto nuestra luz como nuestras imperfecciones. Cuando vemos la vida con estos ojos, aprendemos también a bajar los niveles de juicio y de crítica hacia nosotros mismos y hacia los demás, aprendemos a ver la virtud en los errores, porque sabemos que es gracias a estos que podemos aprender, que si no fuera por los errores nos quedaríamos estancados, sin posibilidad de crecimiento y expansión.


Evidentemente no podemos pedirle a la cultura que cambie, pero podemos empezar a cambiar las actitudes de la cultura cuando cambiamos nuestra actitud, cuando favorecemos nuestra autenticidad, cuando recuperamos nuestro cuerpo y revivimos la gratitud, cuando nos sumergimos en el autoconocimiento, la autoaceptación y cultivamos la autoestima.


En síntesis, ser mirados por el espejo es perdernos HACIENDO los que creemos que se espera de nosotrxs, en la lucha por pertene-SER.

Mirarnos al espejo en cambio, es encontrarnos con nuestro SER. Es aprender amar lo que somos para brindar lo mejor de nosotrxs a la sociedad desde nuestra autenticidad.

...y tú, ¿te has mirado en el espejo?


Cuéntanos cómo lo has sentido desde tu experiencia personal.


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